Nuestra Vida

 

LA PASIÓN Y EL CARIÑO CON QUE MARCELINO FORMABA  A SUS DISCÍPULOS.

Autor: Hermano Gustavo Martín Cerda  Hernández.

             Marcelino Champagnat  fue un gran educador y formador de educadores  en una época de mucha agitación social. 

Este sacerdote que nació en el año de inicio  de la Revolución Francesa (1789)  también emprendió  otra revolución, también de grandes alcances a partir de la educación  y de una educación integral, que tiende a la formación, tanto de la persona humana, como del ciudadano (a) de su patria y del hijo (a) de Dios.  La formación de la persona humana en todas sus dimensiones.

             En su edad adulta le tocó la época de la Restauración de Francia, luego de  más de 2 décadas y media  de guerras   y conflictos (la Toma de la Bastilla, la Época del Terror y las guerras napoleónicas), que dejaron un panorama desolador.  Y Marcelino captó las grandes necesidades de su patria  y puso decididamente su granito de arena en la restauración fundando escuelas y formando educadores abnegados, íntegros y santos.

             Me llama la atención que muchos de los primeros discípulos eran gente de campo que no sabían leer ni escribir, e   hizo de estas personas educadores insignes, empezando desde enseñarles a leer y escribir.

             Marcelino sabía llegarles al corazón.  Les ofreció un ambiente de familia  en el que se desarrollaba su vida y en el que se preparaban para su misión y en el que posteriormente desarrollarían su misión apostólica.  Contaban con recursos limitados, provenientes del trabajo de sus manos.

             Sus discípulos recordaban de Marcelino su vida plena, apasionada y entregada a su misión, a la vez que su interés y cariño por ellos  y hasta sus atenciones  personalizadas.  Y ellos a su vez lo querían, respetaban y seguían como a un padre.

             Cuando Marcelino los instruía y motivaba les hablaba con el corazón en la mano y se dirigía a sus corazones.  Y los motivaba desde la fe, hablándoles  de la bondad de Dios y de su amor por cada uno de nosotros y por todos y cada uno de todos los hombres y mujeres de esta tierra.  Y lo hacía con tal fuego que encendía sus corazones  y ese fuego no había nada que pudiera apagar, ni las privaciones con las que vivían, ni la vida dura ni  el trabajo fatigoso al cual se entregaban.

Y aquí transcribo el testimonio de uno de sus primeros discípulos, el hermano Lorenzo:

Los inicios fueron realmente pobres.

Nuestro pan, del color de la tierra;

Y  nunca nos faltó lo necesario para vivir.

Nuestro Superior se preocupaba de nosotros

como lo hubiese hecho  el más tierno de los padres. 

Recuerdo su interés por mí cuando estuve enfermo en La Valla.  Vino a verme todos los días y jamás se  olvidó  traerme alguna cosa para hacerme feliz.  A menudo nos hablaba de la solicitud que Dios manifiesta a todos aquellos que se le confían. 

 Tenía una gran devoción a María, y sabía transmitirla por todas partes.  De hecho, quería que comunicásemos a los niños esta confianza y devoción.

 Recuerdo que muchas veces nos repetía:  “Si algún bien hemos hecho, Lorenzo, ha sido gracias a María.  Sin ella no hubiésemos hecho nada”.

 Ni siquiera la ternura de las madres en el trato con sus hijos es superior a la del  Padre Champagnat en su relación con nosotros.  Y no es,  la verdad, una comparación demasiado justa, porque las madres aman a sus hijos, con un amor humano, y él, en cambio, nos amó verdaderamente en Dios”.

             Yo agradezco  estos gestos tan humanos  y por el gran corazón de nuestro fundador.  Y parte del éxito de sus seguidores se debe a la gran importancia que dio a  la parte afectiva en la labor educativa.  Y además de su ejemplo nos legó este principio:  “Para educar bien a los niños es preciso amarlos”.